Corría el año 2001. Paquita era madre soltera y vivía en Ecuador. Ella siempre había querido salir de su país para conocer la vida en otros lugares así que cuando su hijo ya tenía 9 años, tomó la decisión de viajar con él. Su primera opción era España pero el destino quiso otra cosa.  “Al llegar a comprar los pasajes sólo tenía 5 mil dólares y el dinero no me alcanzó. Recordé que tenía una amiga ecuatoriana en Chile, que constantemente me invitaba, así que no lo pensé más y decidí venir”.

Paquita llegó con su maleta cargada de ilusiones, pero al llegar a nuestro país, todo se puso cuesta arriba. Su amiga se aprovechó de ella y al mes la echó de la casa.  “Me fui a vivir a Padre Hurtado. Era un campo y caminaba a pie un largo trayecto para tomar la Talagante. Pasaba un peladero con unos matorrales a las 6 de la mañana. Viví un año muy difícil allá, porque todas las semanas me echaban del trabajo porque nadie me quería hacer un contrato. Era llorar y llorar”.

Muchas veces pensó en volver, pero no tenía el dinero suficiente. Debía pagar la casa, la escuela y alguien que cuidara a su hijo ya que ella trabajaba doble turno para cubrir los gastos. Implicaba salir a las 6am., cuando su hijo dormía, y volver a la una de la madrugada cuando su hijo dormía. Para peor, al año de haber llegado a Chile su padre falleció y ella no tenía dinero para poder viajar.

Como si fuese poco, le tocó ser víctima de malas prácticas laborales. “La señora donde yo trabajaba me hizo un contrato ficticio. Ella además me prometió que para navidad iba a comprar un televisor para mi hijo, yo a cambio trabajaba doble turno. Llegó navidad y no me pagó ni mi sueldo ni el televisor. Después me echó sin pagarme nada”.

Pero la vida es una montaña rusa, y tras haber pasado momentos de enorme dificultad, las cosas empezaron a mejorar, y así como conoció a gente abusadora, le tocó conocer también a buenas personas que la ayudaron a surgir.  “Al tercer año me fui a vivir a Maipú y le arrendaba el cuarto a una familia. El dueño de casa, veía como yo salía de madrugada y volvía de noche todos los días. A mí siempre me había gustado coser, desde los 15 años.  Él entonces me hizo un enorme favor. Me sacó dos máquinas en Almacenes París. Y ahí empecé a trabajar en las máquinas”

 

Todos los meses tenía que tener 35mil pesos para pagar sus máquinas por lo que una vez que volvía del trabajo, se ponía a coser hasta altas horas de la noche, haciéndose acompañar por una radio de rancheras. Un día decidió dar el primer paso de su historia de amor. “Llamé a la radio y di mis datos. Dije soy una chica petiza, gordita. Él dijo que no le importaba y así empezó. Pololeamos del 2003 al 2005, quedé embarazada, nació mi hija y nos casamos. Hoy ya vamos a tener 14 años juntos”.

El emprendimiento de Paquita comenzó el primero de diciembre del 2014 cuando inició sus actividades. Partió haciendo ropa para el verano hasta que llegó su gran oportunidad.  “Tenía una amiga que trabajaba en un laboratorio a quien siempre le arreglaba sus uniformes porque le quedaban grandes. Me dijo un día que hiciera una muestra, ella lo llevaría a su trabajo. Así fue. Terminé haciendo uniformes para 300 personas. Ellos me recomendaron a Salcobrand, quienes hacen uniformes las dos temporadas, invierno y verano. Ahí yo tengo un sueldo seguro, lo que es importante ya que tengo que saber tener para los estudios de mi hijo”

El pequeño Carlos, que se vino con ella a los 9 años, hoy ya está finalizando sus estudios. El próximo año se gradúa de ingeniería en administración de empresas, para orgullo de su madre quien con mucho esfuerzo ha velado para que él pueda surgir en un país ajeno.  “Él no tiene beca, yo le pago sus estudios. A fin de año tengo que tener un millón doscientos para pagar la universidad cada semestre. Por eso cuido tanto mi trabajo. Soy puntual. Si me dan un mes, a los 20 días estoy entregando para no perder mis clientes y que ellos me recomienden”.

Pero Carlos, no es el único estudiante. Paquita se adjudicó el Financiamiento para su proyecto a través del Programa Semilla de Innova Pudahuel. Allí debió pasar por una larga y difícil capacitación.

Para mí fue especialmente difícil porque yo no he terminado ni la básica, me costó mucho, me costó hasta lágrimas. Pero yo no podía presentar un plan de trabajo mal hecho por lo que me esforcé al máximo. Aprendí a sacar el punto de equilibrio, los costos fijos y variables. Yo creía que ganaba todas estas lucas y no era así. No contaba ni la luz, ni la mano de obra, nada. Y entonces vine a ver cuánto ganaba en una prenda. Estoy tan, tan, agradecida porque aprendí mucho. Especialmente de las profesoras amorosas que tenían que tener paciencia para explicar porque uno ya no es joven y no tiene la mente tan fresca. Pero aprendí”.

Lo lindo es que desde aquí Paquita ya no se detiene. Decidió que seguirá con sus estudios para sacar el cuarto medio y así poder estudiar diseño.  “Así a los 60 años tenga mi título de diseño, pero lo voy a tener. Esa es mi meta, porque yo no sé ni siquiera tomar medidas. Son 3 años para sacar el cuarto medio estudiando los días sábado y trabajando durante la semana”

Paquita agradece también el apoyo de la Municipalidad de Pudahuel. “Estoy muy agradecida a la municipalidad. Los proyectos que dan son muy buenos. Pero muchas personas son egoístas para transmitir esas oportunidades. Y también hay otros que quieren que las cosas le lleguen a la casa” No es el caso de ella, quien aprovecha todas las oportunidades que se le presentan. Anhela algún día poder dar una mejor oportunidad de vida a quienes como ella, han visto el camino dificultado.

“A mí me gustaría tener un taller grande, esa es mi ilusión, para darle trabajo a los inmigrantes, o a las mamás solteras. Yo ya tengo todos mis papeles en regla y cuando tenga mi taller quiero tener personas así. Porque yo viví muchas cosas que no quiero que otros vivan”.

Y ella tiene confianza en que alcanzará su meta ya que es mujer independiente y persistente. Aconseja así también a quienes como ella, quieran aventurarse en este camino. “Hay que ser perseverante porque los primeros meses a usted le va a ir mal, mal. Todo lo que gana es para pagar la inversión. Pero usted tiene que tratar de que el cliente quede satisfecho para que así te recomienden”

Pero hay algo aún más importante que define a Paquita y que sin duda la ha hecho llegar hasta donde está: su enorme corazón. “Si yo tengo que ayudar a alguien, la ayudo sin pensar cómo es esa persona. Aunque no la conozca.  A veces me ven la cara de tonta. Pero a pesar de todo lo que pasé, pienso que las personas son honestas. Entonces creo que a mí me va bien porque yo no le hago daño a nadie y todo se devuelve”.

Esta mujer ecuatoriana, que llegó a un país ajeno donde conoció lo peor y lo mejor de los chilenos, ha logrado sobreponerse a todo obstáculo y salir adelante, quedándose siempre con lo bueno de su vida. De trabajar dobles turnos sin contrato, llegó a tener su propia empresa de uniformes. Sin haber terminado sus estudios básicos, sin saber tomar medidas, pero con mucho esfuerzo, garra y corazón, hoy vive de la costura y sueña con ayudar a que otros también vivan de eso. Y así, con su gran corazón, es como llegará lejos. Nosotros también soñamos con ver a Paquita, instalada en su taller, compartiendo el trabajo junto a otros que como ella llegan persiguiendo una vida mejor.  Confiamos en que así será.

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